Hoy me he confirmado por primera vez. Es difícil explicar lo que se siente cuando subes al altar y delante de toda la comunidad, de tu familia y amigos; dices SI.
Cuando era pequeña, en el colegio nos decían que teníamos dos madres: la que teníamos en casa, que nos abrazaba cada día y nos leía un cuento al acostar; y otra madre que nos cuidaba desde el cielo. Era mamá de todos los niños, la mamá del Niño Jesús; y para nosotros eso era muy especial. Cada mes de Mayo le llevábamos flores a la capilla, pintábamos dibujos con su cara y cantábamos canciones sobre su vida. Y así poco a poco me fui uniendo a ella. Aprendimos que se podía ser sencillo y hacer cosas grandes, pero sobre todo aprendimos a querer a Dios.
Después me hice mayor, y con el paso de los años costaba más seguir el camino que María nos señalaba. Decir que pertenecías a un grupo de Fe, que te ibas a confirmar… no estaba de moda, era difícil de entender para muchos. Pero como lo iban a entender si nunca habían estado en una oración? Una de esas en las que cruzas la mirada con alguien, sonríes y entiendes lo que está sintiendo. Como lo iban a entender si nunca habían sentido la paz que te da escuchar la Palabra de Dios.
Cuando me confirmé, pensé que todo el mundo debía tener la oportunidad de vivir las mismas experiencias que yo había tenido; y decidí que quería ayudar a hacerlo posible. Y así lo hice, o por lo menos lo intenté. Fueron durante estos años donde aprendí a servir en todo lo que podía dentro del proyecto, intentado hacerlo siempre desde el carisma de María: acogiendo a cada uno de los chavales, preocupándome por ellos, conviviendo…
Pero esa fue una etapa, que como todas tiene un principio y un final; y cuando terminó sentí la necesidad de sentir la fuerza que te da vivir la Fe en comunidad. Tuve la oportunidad de unirme a la Fraternidad Marianista. La verdad, es que ya lo había intentado antes y no había salido como yo esperaba; pero no podía dejar que esa parte de mi se apagase. Y entonces me uní a Caná. Con ellos pude volver a sentirlo.  Vivir la Fe de una manera más madura y profunda. Sentarme en el oratorio, cerrar los ojos y sentirme en casa. Es algo sencillo, pero con ellos comprendí la frase “Somos una  FAMILIA”.
Por eso, cuando me planteé consagrarme por primera vez, no tuve dudas. Quería decir SI a seguir creciendo de este modo, decir SI a seguir el ejemplo de María.
Ahora pertenezco a una gran familia, de gente muy diferente entre sí; pero con la que comparto un Padre y una Madre; con los que comparto un sentimiento de unión profundo de los que no se rompen. Hoy empiezo una nueva etapa. Hoy soy Marianista.Hoy me he confirmado por primera vez. Es difícil explicar lo que se siente cuando subes al altar y delante de toda la comunidad, de tu familia y amigos; dices SI.
Cuando era pequeña, en el colegio nos decían que teníamos dos madres: la que teníamos en casa, que nos abrazaba cada día y nos leía un cuento al acostar; y otra madre que nos cuidaba desde el cielo. Era mamá de todos los niños, la mamá del Niño Jesús; y para nosotros eso era muy especial. Cada mes de Mayo le llevábamos flores a la capilla, pintábamos dibujos con su cara y cantábamos canciones sobre su vida. Y así poco a poco me fui uniendo a ella. Aprendimos que se podía ser sencillo y hacer cosas grandes, pero sobre todo aprendimos a querer a Dios.
Después me hice mayor, y con el paso de los años costaba más seguir el camino que María nos señalaba. Decir que pertenecías a un grupo de Fe, que te ibas a confirmar… no estaba de moda, era difícil de entender para muchos. Pero como lo iban a entender si nunca habían estado en una oración? Una de esas en las que cruzas la mirada con alguien, sonríes y entiendes lo que está sintiendo. Como lo iban a entender si nunca habían sentido la paz que te da escuchar la Palabra de Dios.
Cuando me confirmé, pensé que todo el mundo debía tener la oportunidad de vivir las mismas experiencias que yo había tenido; y decidí que quería ayudar a hacerlo posible. Y así lo hice, o por lo menos lo intenté. Fueron durante estos años donde aprendí a servir en todo lo que podía dentro del proyecto, intentado hacerlo siempre desde el carisma de María: acogiendo a cada uno de los chavales, preocupándome por ellos, conviviendo…
Pero esa fue una etapa, que como todas tiene un principio y un final; y cuando terminó sentí la necesidad de sentir la fuerza que te da vivir la Fe en comunidad. Tuve la oportunidad de unirme a la Fraternidad Marianista. La verdad, es que ya lo había intentado antes y no había salido como yo esperaba; pero no podía dejar que esa parte de mi se apagase. Y entonces me uní a Caná. Con ellos pude volver a sentirlo. Vivir la Fe de una manera más madura y profunda. Sentarme en el oratorio, cerrar los ojos y sentirme en casa. Es algo sencillo, pero con ellos comprendí la frase “Somos una FAMILIA”.
Por eso, cuando me planteé consagrarme por primera vez, no tuve dudas. Quería decir SI a seguir creciendo de este modo, decir SI a seguir el ejemplo de María.
Ahora pertenezco a una gran familia, de gente muy diferente entre sí; pero con la que comparto un Padre y una Madre; con los que comparto un sentimiento de unión profundo de los que no se rompen. Hoy empiezo una nueva etapa. Hoy soy Marianista.