El pasado 12 de diciembre los religiosos nos acogieron en la capilla de su casa. Como punto importante dentro del tiempo litúrgico de Adviento nos reunimos para una celebración penitencial. Fue una celebración cercana, cálida, sin grandes alardes, pero, en la que todos pudimos compartir esos momentos que nos alejan de nuestro ser cristiano, de nuestro compromiso vital de hacer presente a Dios en nuestras vidas, en nuestras decisiones y en nuestros actos.

Para ello la palabra evangélica es siempre nuestra guía vital, pero, en esta ocasión, nos fueron también muy útiles las palabras del papa Francisco. En este año de la Misericordia que abre el adviento de 2015 el papa nos ilustra, como siempre, con palabras que llegan al corazón, sobre una dimensión esencial para nuestras vidas.

Así nos recuerda cómo debemos actuar: « Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores » (Mt 9,13). Esta máxima debe guiar nuestros actos con los demás y con nosotros mismos, brotando del mismo amor de Dios todo lo demás.

También le dedica unos párrafos a nuestro modelo de vida ”María”: «El pensamiento se dirige ahora a la Madre de la Misericordia. La dulzura de su mirada nos acompañe en este Año Santo, para que todos podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios. Ninguno como María ha conocido la profundidad del misterio de Dios hecho hombre. Todo en su vida fue plasmado por la presencia de la misericordia hecha carne. La Madre del Crucificado Resucitado entró en el santuario de la misericordia divina porque participó íntimamente en el misterio de su amor.»

Así pudimos volver al Padre, reconciliados con nosotros y con su amor, llevándonos para este año la misericordia más pura, la que brota del amor de Dios y la ternura de María

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