Durante este mes celebraremos festividades importantes como La Ascensión del Señor, la Santísima Trinidad, el Corpus Christi y…. Pentecostés. Unas semanas llenas de motivos para celebrar… Dicen que ”vivimos en tiempos revueltos”, tiempos en los que en muchos ámbitos se están viviendo cambios y oportunidades, en la Iglesia, en la política, en la economía y en general en la sociedad. Tiempos en los que aires nuevos están haciendo posibles nuevos planteamientos y nuevas búsquedas hacia un futuro, que siempre esperamos que sea un poquito mejor. Una de las celebraciones que viviremos este mes, y como os anticipaba al comienzo, es la fiesta de Pentecostés. En el calendario cristiano, con Pentecostés termina el tiempo pascual de los 50 días y conmemora la venida del Espíritu Santo. Podríamos decir, al hilo del Espíritu, que hay muchos tipos de vientos: cálidos, fríos, suaves, secos, huracanados, húmedos… en cualquier caso el viento ostenta una función muy importante y decisiva como agente de transporte, por ejemplo en el desplazamiento de las semillas, regula las temperaturas, distribuye la humedad en la tierra, oxigena los océanos a través de las olas y hace posible la vida en el mar. En la Biblia, son diversas las señales del Espíritu Santo que se manifiesta con esa forma: Se acordó Dios de Noé y de todos los animales y de los ganados que con él estaban en el arca. Dios hizo pasar un viento sobre la tierra y las aguas decrecieron. (Génesis 8, 1)  Moisés extendió su mano sobre el mar, y Yahveh hizo soplar durante toda la noche un fuerte viento del Este que secó el mar, y se dividieron las aguas. (Éxodo 14, 21) De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. (Hechos, 2)  (…) Una veleta indica la dirección del viento, pero, ¿en qué sentido? La flecha de la veleta no indica hacia dónde va el viento sino de dónde proviene. También ocurre lo mismo con el viento del Espíritu. Nos impulsa, nos refresca, nos sacude, nos alienta…. pero siempre y a lo largo de la historia, nos recuerda el origen desde el cual procede todo; y si sabemos de dónde procede todo podremos dirigirnos con más confianza y certeza hacia los caminos. Por eso invocamos al Espíritu cada vez que leemos la Palabra: para que nos haga conocer la voluntad primera de Dios expresada en la Escritura. “Al viento del Espíritu, que animó y ordenó, desde el inicio, toda la  creación. Al viento del Espíritu, que guio a los profetas y mensajeros, y a todo tu pueblo, por los ambiguos caminos de la historia. Al viento del Espíritu, que penetró y remansó el corazón y vientre de María de Nazaret, haciéndola portadora de vida y esperanza. Al viento del Espíritu, que se apoderó de Jesús y lo llenó de fuerza y ternura para anunciar la Buena Nueva a los pobres.  Al viento del Espíritu, que se llevó en Pentecostés los prejuicios y los miedos, y abrió de par en par las puertas del cenáculo, para que toda comunidad cristiana fuera siempre sensible al mundo, libre en su palabra y coherente en su testimonio. Al viento del Espíritu, que sopla donde quiere, libre y liberador, vencedor de la ley, del pecado, de la muerte, y alma y aliento de tu Reino”. (Florentino Ulibarri)        Que el viento del Espíritu esté muy presente en nuestras vidas… Dejémonos interpelar por Él reconociendo su permanente presencia.

Irene Miñón – Responsable de Fraternidades Marianistas de la Provincia de Zaragoza. VANE