Las personas somos de alguna manera predecibles en muchas cosas de nuestro día a día, en lo que hacemos y en cómo lo hacemos. Hacemos cosas iguales todos los días sin excepción porque forman parte de nuestra “rutina”. A veces decimos que las rutinas tienen un sentido negativo cuando se asocian a las cosas que realizamos de manera aburrida o repetitiva. Sin embargo, no siempre las rutinas son negativas, todas ellas de alguna manera son necesarias en nuestra vida porque aportan un mecanismo muy importante de constancia y regularidad.

En la actualidad se dice que toda acción que se repita sin interrupción 21 días seguidos llegará a crear un hábito en nosotros y se cree que para que este hábito sea bien asimilado en la mente y se haga inconscientemente, requiere de mínimo 30 a 45 días llevándolo a cabo diariamente, sin parar, de forma que cuando no se haga, sentirás como que algo te falta por hacer”.

En nuestro camino de fe hay algunos hábitos por excelencia: la Oración, la Comunidad y la Eucaristía. Necesarias y fundamentales, las rutinas espirituales son prácticas que ayudan a fortalecer nuestra fe. Nos llevan a una conexión más profunda a través de acciones que se van repitiendo, como agua que gota a gota va empapando la tierra. De igual modo que la práctica regular de actividades físicas pueden fortalecer el cuerpo, las espirituales afianzan nuestra relación con Dios.

Así, aunque también intentemos hacer cosas novedosas en aquello que hacemos para, como dirían algunos: “No caer en la rutina y ser innovadores”, esa misma rutina nos ofrece la posibilidad de “Ser fuertes en la fe, perseverantes en la esperanza”: la oración frecuente, la celebración de la Eucaristía del domingo, la reunión de la fraternidad, la misión que realizamos personal o comunitariamente… Si no nos comprometemos con acciones concretas que repetimos a lo largo del día en momentos específicos, muchas veces corremos el riesgo de dejarlas de hacer…

Irene Miñón – Responsable de las Fraternidades Marianistas Provincia de Zaragoza.

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