En la zona de Zaragoza estos días nos hemos podido sentir unos privilegiados. Hemos podido vivir varios encuentros importantes y diferentes. Y, en todos ellos, hemos podido sentir que la Familia Marianista es una realidad. Os los queremos contar.

Tras celebrar en comunidad la unción de enfermos el lunes, al día siguiente nos dejaba un religioso, el padre Ramón Eleta. Toda una vida al servicio de María. La capilla de la comunidad se convirtió en capilla ardiente hasta el jueves en que se celebró el funeral y el entierro.

El viernes vivimos una vigilia de oración por la vocación marianista y de preparación de las consagraciones. Fue providencial que las dificultades de agenda nos hicieran juntar convocatorias. Fue precioso poder dar gracias por las distintas vocaciones a la vida marianista y pedirle a Dios que envíe obreros a su mies.

Por último, el sábado, vivimos la celebración de las Consagraciones. Acompañados por religiosos y religiosas, por nuestras familias y por algunos amigos, vivimos una celebración mimada y especial. Desde la decoración y los cantos hasta la cuidada homilía de Juan Cruz, desde las fórmulas de la primera consagración de Esther, Marta, Javier, Eva, Íñigo, Kuki, Blanca, Samuel, Nacho y Sonia, hasta la posición de los bancos en círculo con el altar en el centro.

Ojalá esta celebración nos haya llenado de energía y calor para salir a nuestro entorno a hacer la invitación a la vida marianista. Somos limitados e incoherentes. Somos barro. Pero llevamos un tesoro en nuestras vasijas  que estamos llamados a compartirlo con alegría y formar comunidades.

Que estemos disponibles y abiertos a lo que el Espíritu nos pida.

 

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