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Este viernes mientras caminaba por la calle Don Jaime pensaba en que seguramente hace 200 años Guillermo José también caminaría por donde iba yo, aunque entonces la calle se llamara San Gil. Y seguramente estaría pasando un frío muy parecido al que yo tenía… A su vez me remontaba 2.000 años atrás y casi podía ver al apóstol Santiago avanzando con tanto o más frío que nosotros, yendo por el Cardo, andando por esa clásica vía romana que tenía el mismo trazado que Don Jaime.

Éramos tres hombres en tiempos tan diferentes, en circunstancias tan diferentes… Y sin embargo sonreía al pensar en lo parecido que era nuestro espíritu, lo parecido que era nuestro cariño y nuestra confianza en la Virgen.

Es curioso como hay cosas que son inalterables ante el paso del tiempo…Los tres íbamos por la misma calle, con el mismo frío, y dirigiendo nuestros pasos al encuentro con María.

Esa noche era especial en muchos sentidos, y no sólo por el intenso frío, y es que celebrábamos la vida de nuestro fundador con toda la Familia Marianista en la Basílica del Pilar. Una gran cantidad de hermanos de todas las ramas nos juntamos en la capilla y acompañados por el coro del colegio del canal tuvimos una preciosa eucaristía.

Comenzamos con la inspirada carta de San Pablo a los Efesios, uniéndonos a él al predicar la grandeza de Dios, que nos había hecho el increíble regalo que fue Cristo para todos los hombres. Seguimos en el salmo dando gracias a Dios, “cantando sus maravillas a todas las naciones”.

Llegó el momento del evangelio y durante unos instantes todos estuvimos en el Gólgota con Jesús. Junto a Él estaba su Madre, su tía, María la de Cleofás, la Magdalena y Juan. También le acompañaba Santiago; Guillermo José y Adela; los alumnos, los religiosos y las religiosas, los sacedotes y los fraternos… Y también estabas tú, y yo, y junto a todos los pueblos de la tierra vimos al Hijo de Dios crucificado, haciéndonos su último presente en vida.

Igual que Dios nos regaló a su Hijo, Jesús en la cruz nos regaló a todos a su Madre. Con María nos dio una Madre celestial que nos enseña a seguir a Jesús, nos alienta e intercede siempre por nosotros.

Con el corazón todavía en la mano seguimos la misa. Jesús Orbegozo nos habló del valor del amor y la confianza con un relato montañero. El resto de la eucaristía es más o menos conocido. Cantos preciosos y una Virgen del Pilar vestida con el manto de la Familia Marianista.

Y asi que la misa terminó y, como las familias cuando se reúnen a la mesa, hubo un largo rato de alegría y encuentro (interrumpidos tan sólo por un sacristán que pedía silencio, pero al que no hicimos demasiado caso…). ¿Pero cómo callar? Estábamos en una fiesta, una celebración por la vida, la de Guillermo José, la de Adela, la de Cristo y la de todos nosotros, ¿quién podría callarse ante una alegría así?

Carlos Prats