¡Feliz Pascua de Resurrección!

La LUZ, símbolo del amanecer y de la vida, nos hace salir de las tinieblas y vivir un tiempo pleno y luminoso, lleno de esperanza y de sentido.

Hay muchos tipos de luces: intensas o suaves, fijas o intermitentes, cortas o largas… todas ellas, muy necesarias en cada momento de nuestra vida, cada una con un propósito concreto. Sin embargo, es Jesús esa luz que a nosotros no nos puede faltar, es la luz por excelencia. Como también les ocurre de forma especial a los marineros, que sienten la luz de los faros imprescindible para ellos. Además, desde los barcos no sólo se ve la luz del faro, que les advierte de la proximidad de la costa, sino que también lo identifican por los intervalos y los colores de los haces de luz, de forma que pueden reconocer frente a qué punto concreto de la costa se encuentran.

Hay dos cuestiones que en esta analogía de la luz de los faros con la luz de Jesús podemos advertir. Ambas luces, no se mueven. Sus mensajes hacen que vayamos hacia ellas, nos indican el camino. Pero el mensaje, es un mensaje que no coacciona, no arrastra, no empuja, no trata de convencer por la fuerza, sólo invita, y deja libertad para que cada cual elija hacia dónde ir.

Y además, ambas, aunque a nuestros ojos no nos lo parezca, iluminan siempre con la misma intensidad. Cuando es de día, y pensamos que tenemos luz suficiente, son un pequeño brillo en el horizonte; y cuando llega la noche, su luz resplandece con mayor fuerza, nos guía y nos enseña la ruta a seguir. Siempre están ahí, de manera incondicional, aunque no nos demos cuenta.

Acabamos de vivir la experiencia de la RESURRECCIÓN. Jesús es la LUZ (con mayúsculas) del mundo y, por ello, nosotros también debemos serlo para los demás, convirtiéndonos de alguna manera en reflejos de su luz. Ojalá que esta experiencia nos haga iluminar los caminos y las vidas de aquellos que hoy y ahora necesitan de SU luz.

Irene Miñón – Responsable Fraternidades Marianistas Provincia de Zaragoza

FARO