Hoy domingo de GF. Empezamos con una misa celebrada en la iglesia del colegio en memoria de Chaminade y con gran participación de la comunidad escolar.

Los niños le han dado una bonita nota a esa celebración y a todas en las que participan. Entrañable. Después de la misa, un rato de charloteo fraterno y unos aperitivos en el comedor.

Ambiente distendido entre patatitas y aceitunas. Pero hay algo que vale la pena destacar de forma especial: el sermón de la misa. Buena parte del sermón ha sido recordar los pasos del Fundador de la Compañía de María. Tiempos difíciles (como los nuestros) y compromisos fieles (¿como los nuestros?) a los que un hombre se tiene que enfrentar. En su camino se encuentra quien le ayudan a seguir con su proyecto y quien echarle el guante para pasarle por la guillotina.

Cada vez que me recuerdan las cosas que tuvo que hacer para mantenerse vivo y fiel a sus principios me sorprendo: negarse a obedecer a un poder que consideraba injusto, cambiar de domicilio de forma habitual para evitar ser capturado e incluso disfrazarse de calderero o esconderse en un barril.

Sus hazañas le hacen reflexionar sobre la importancia del laicado, que le ayudan a esconderse y a vivir según sus convicciones. Y su legado nos hace reflexionar a nosotros. Nos ha dado una importancia para que nos desarrollemos en la fe, ayudemos al que lo necesita, como sus coetáneos le ayudaron a él.

Después de todas sus peligrosas aventuras, se exilia a España en donde pasa por San Sebastián, donde deja huella, en su camino hacia Zaragoza. Allí para ganarse la vida tiene que dedicarse a la artesanía, dado que a los sacerdotes exiliados no les dejan ejercer. Allí tras mucha oración y meditación y tras entrar en contacto con un arzobispo exiliado, decide debe volver a Francia con un nuevo espíritu “es preciso una nueva manera de vivir la fe”.

Por ahí terminaba el sermón, y por ahí comienza nuestro trabajo.

 

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