Un camino exigente: una pista larga e interminable, en un estado lastimoso que en ocasiones dificulta el avance y que oculta a la vista el destino final.

Un lugar escondido, ni arrogante, ni agresivo, ni ambicioso, que obliga a buscar antes de encontrar.

Un santuario atípico, sin pórtico ni vidrieras; sin oro ni diamantes, sin llave ni sacristán.

Ahí fuimos convocados este año por la Jornada Mundial Marianista de Oración, a compartir un encuentro espiritual con toda la Familia Marianista del Mundo. Cada uno desde nuestro lugar; en nuestro caso, descubriendo uno de los rincones del nuevo colegio que, con su arquitectura limpia y sugerente, invita a la vez al encuentro y a la interioridad. Cada uno desde su circunstancia, religiosos y laicos, afiliados y padres del colegio, jóvenes y ancianos, escuchamos la voz del obispo de Naitingou invitándonos a compartir la devoción común por María en ese lugar que él mismo define como pobre y rústico pero lleno de encanto.

No importa quiénes somos ni dónde nos reunimos: es Cristo quien nos convoca; es María quien nos invita a ponernos en sus manos y dejarnos transformar para ser presencia, a veces escondida, no arrogante ni ambiciosa, pero presencia de Dios en el mundo.

Un abrazo.

    Gabriela Garaizabal

 

 

 

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