Las raíces son lo más importante de los árboles,  pues, son principal sustento para continuar con vida. En nuestra vida de fe tener bien fundamentadas nuestras raíces es algo muy importante para continuar seguir creciendo y dando fruto.  Eso es lo que hicimos un nutrido grupo de fraternos de Valencia con algunos de otras zonas cuando visitamos este verano los lugares de nuestro origen. Aquellas ciudades donde fue creciendo Guillermo José Chaminade, y donde se fue fraguando  lo que hoy es la Familia Marianista.

Cuando el día, 5 de agosto de 2011, a las siete de la mañana, con una puntualidad desconocida en fraternidades, un grupo de algo menos de un centenar de  fraternos salíamos desde el Colegio de El Pilar de Valencia destino Burdeos, se hacía realidad el sueño de muchos fraternos que en muchas ocasiones en nuestras reuniones decíamos ¿por qué no vamos a Burdeos?. Incluso, en alguna fraternidad ya se había planteado un viaje similar. Ese día el sueño se hizo realidad y algunos cuantos tuvimos la oportunidad de vivirlo. Y empezamos a vivirlo, como no podía ser de otra forma, al mediodía de ese viernes, 5 de agosto, en la Basílica del Pilar en Zaragoza, que se había puesto el manto marianista en nuestro honor, para celebrar la eucaristía en la que recordábamos aquel momento solemne en el que la Virgen inspiró a Guillermo José a crear la Familia Marianista. Un proyecto misionero en la Francia revolucionaria para recristianizar aquella sociedad que buscaba un fundamento a su vida al igual que mucha gente lo busca hoy, y donde cada uno de nosotros somos los obreros del Padre Chaminade.  En Zaragoza pudimos saborear los momentos de soledad de aquel sacerdote francés exiliado por persecución política, y como, bajo el manto de la Virgen del Pilar, encontró amparo, fuerza para esperar y volver a caminar, poniendo en marcha lo que hoy somos.

De ahí, nos desplazamos hasta Donosti, donde hicimos noche, como lo hizo también en su momento el fundador. Y nos distrajimos como turistas por ciudad vasca degustando sus típicos pinchos. Al día siguiente, sábado 6, como si nos hubiéramos llevado el sol del mediterráneo, disfrutamos de un día de sol y playa en la Concha de San Sebastián, llena de gente gozando de un sol reluciente.  Esa mañana, siguiendo nuestro estilo de libertad cada uno disfrutó como quiso: unos bañándose en la playa de la Concha, otros subiendo en el funicular al conocido Monte Igueldo y visitando el Peine de los Vientos, y otros paseando por la ciudad. Con la Oración de las Tres, todos reunidos de nuevo en la puerta del Colegio de San Sebastián, y con puntualidad absoluta,  marchamos ya camino de nuestro objetivo: Burdeaux, aunque nuestro alojamiento sería en la pequeña localidad residencial de Martillac, a unos kilómetros de la ciudad. Allí, residiríamos durante una semana, entre un pequeño y recién inaugurado hotel, y un viejo chateau que navega entre los viñedos de la famosa “zona de las graveras” y conocido como “la Solitude”, una casa de retiros, perteneciente a las monjas de Loreto, en donde descansan los restos de su fundador. Las hermanas del Loreto serían quienes nos alimentarían, con sus sabrosos picnic diarios para la hora de la comida, y sus cenas, a las 19 horas, regadas eso sí con un sabroso vino de la tierra.

Ya instalados, el domingo día 7, nos desplazamos hacia los lugares natales de Guillermo José, Perigueux y Mussidan. Por la mañana, visitamos Perigueux, su lugar natal, donde participamos de la eucaristía dominical en la misma Catedral, en donde hay un retablo de nuestro fundador. Tras la misma, recorrimos la localidad, pasamos por su casa natalicia, donde hoy reside una molesta familia francesa, y donde pudimos imaginar la vida del pequeño Guillermo José. A las orillas del río, almorzamos, y recobramos fuerzas. Por la tarde, nos desplazamos hacia  Mussidan, visitamos la iglesia en donde ejerció de sacerdote en sus primeros años antes de la revolución, y el Colegio de San Carlos, hoy sede municipal de la población, y en el que el pequeño Guillermo José, primero estudió y luego dirigió, junto a sus hermanos. Allí, tratamos de profundizar en los misterios del fundador y como fue fraguando la idea de poner en marcha nuestra Familia Marianista, profundizando en detalles de su vida paseando por las calles por las que él paseo durante los primeros años de su vida.  Sus primeras carreras de niño, sus pillerías de adolescente y sus primeros años como sacerdote. Al atardecer regresamos a Martillac para la temprana cena y convivir un rato hasta la hora de acostarse.

El lunes, 8 de agosto, día de convivencia y libertad, mientras un grupo se quedaba en Burdeaux para conocer mejor la ciudad, otros optaron por visitar Saint-Emilion, una pequeña localidad vitícola que vive del turismo, rodeada de impresionantes chateau, que se pudieron visitar, así como degustar los tradicionales vinos de Burdeaux. La jornada de ocio como siempre acabó con la temprana cena en “la Solitude”.

El martes, 9 de agosto,  centramos la peregrinacion en Adela de Tranquelléon. Visitamos Agen, donde celebramos la eucaristía con las hermanas en la capilla del Colegio de las Marianistas, que fundó personalmente Adela, y donde ella vivió, bajando por una escalera que queda de su época. Visitamos a continuación la catedral de Agen, y comimos en el colegio, donde las hermanas, nos agasajaron con café y dulces para postre de la comida. Por la tarde, partimos rumbo a Tranquelléon. Allí, visitamos el castillo, donde nació Adela, que aún conservan sus descendientes directos. Recorrimos sus estancias, entre ellas, la capilla privada, los salones, la cocina y las caballerizas.

El miércoles, 10 de agosto, segunda jornada de ocio, nos dirigimos a un lugar de la costa oeste francesa, la villa de Arcachón, una zona residencial turística francesa con impresionantes mansiones y una playa limpísima en donde la gente, especialmente, los más jóvenes, disfrutaron de la playa y se pudieron bañar, mientras algunos se disfrutaron de sus ostras. Por la tarde, todos coincidimos en la gran duna de Arcachón que, desde su parte más alta se observa toda la bahía de la villa, y donde pudimos disfrutar como niños siguiendo el mensaje del evangelio “ser como niños”.  Ya en Martillac, y cenados, un grupo visitamos Burdeaux de noche pudiendo ver la vida nocturna de la ciudad, como el edificio de la bolsa se reflejaba en la lámina de agua, en la que los habitantes de la localidad pasean descalzos.

Y llegó, el jueves, 11 de agosto, momento culminante del viaje, Burdeaux, y sobre todo, la visita a la Madeleine, el centro de nuestro origen, allí empezaron las primeras congregaciones, y allí celebramos la eucaristía, posiblemente, la más emotiva de todo el viaje,  y donde Guillermo José, se nos dirigió a cada uno de nosotros como tanto domingos por la tarde se había dirigido a aquellos jóvenes post-revolucionarios que se agrupaban para escuchar palabras de esperanza.  Y allí, nos decía ir, dar testimonio con vuestras obras y hacer cristianos. Allí, coincidimos con un grupo de religiosos que habían recorrido una ruta parecida caminando y reflexionando. En la Madeleine, visitamos la  habitación donde vivió el fundador, y que tiene algunos objetos  personales suyos. En Burdeaux visitamos los lugares más vinculados a Guillermo José. Por la noche, concluimos con una gran actividad de convivencia preparada por los más jóvenes.

Realmente, fue un viaje que nos renovó por dentro, donde aprendimos a vivir y respetarnos,  disfrutando de la sonrisa inocente de los más jóvenes de los que aprendimos mucho. Desde aquí, dar las gracias a todos los que participantes, especialmente, al equipo organizador.

 

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